Anoche soñé como hacía tiempo no soñaba.
En un mundo surrealista e inexistente, pero como todo lo imaginado, sujeto por fuertes tendones a mi propia realidad, yo huía, a veces sola, a veces con un reducido grupo de mujeres y hombres, de máquinas con o sin apariencia humana. Si Phillip K. Dick, James Cameron o Asimov no hubiesen impregnado mi subconsciente, me hubiera pensado original…
Me extrañó el toque mundano de mi sueño pues en él no podía dar supersaltos ni volar, como es habitual en mi mundo onírico.
Para no entretenerme en mis escenarios, fantásticos e imposibles, y en los laberintos recorridos, hablaré del final del sueño.
En un entramado de galerías de hierro, una de las mujeres del grupo (éramos 4 personas desde la mitad hasta casi el final del sueño) me hizo sospechar su traición. Nos seguían de cerca, sabían dónde estábamos, y la escapada era agónica e irremediablemente infructuosa. Ella nos delataba.
Hice que me acompañase a una sala llena de gente artificial pero incomprensiblemente inofensiva. Allí acabé con ella. Efectivamente, era robótica y su sola presencia nos acercaba cada vez más a la extinción.
Salí rápidamente de aquella sala y me reuní con mis compañer@s, él y ella. Estábamos rodead@s de robots sin disfraz alguno, con ojos como objetivos Nikon largos, redondos y azabache. Pasó un momento, no sé si unos segundos o unos minutos. Y me percaté de un fuerte dolor en mi tobillo derecho. Me dolía mucho. Un dolor permanente, de presión. Noté el dolor en semiconsciencia.
De repente mis compañer@s y yo estábamos sol@s, l@s tres. Les comenté mi dolor intenso y me contestaron sin inmutarse que los robots habían cambiado uno de los anillos de mi tobillo y por eso se resentía.
En el sueño me di perfecta cuenta de mi realidad en ese momento. Y de la consecuencia de esa acción de las máquinas. Estábamos perdid@s y localizables.
Pero antes que el sabernos muert@s mi mayor frustración fue la consciencia de mi ser robótico y no humano. Me había engañado durante todo el sueño. Qué extraño. En ese momento el teléfono me despertó y mi gato Pixo me dio un hocicazo en mi cara para darme los buenos días.
Realidad y sueño, sueño y realidad. ¿Cómo nos pensamos? ¿Cómo nos vemos? ¿Somos libres? ¿Somos conscientes?
Ayer mismo, reservando una sala de exposiciones para un evento fotográfico y político, hablaba con uno de los encargados de la gestión sobre la capacidad humana de engañarse creyéndonos libres y conscientes. Él afirmaba que el libre albedrío existe, que las decisiones nos definen y son volitivas.
Y yo, como también es habitual en mí, y en coherencia con mi pensamiento activista social, a pesar de no eximir de responsabilidad a nadie, reconozco el peso y el sometimiento de los propios lastres, los condicionamientos sociales, los mandatos, las limitaciones (psicológicas, socioeconómicas, intelectuales, emocionales), la falta de oportunidades o de suerte, la educación cultural… como factores determinantes y limitativos de nuestras decisiones.
Pero nos seguimos pensando libres. Nos construímos a través de una visión mermada y transversal de nuestra entidad. Nos mentimos. Aun siendo consecuentes con esta realidad y pretendiendo “construirnos” y vernos a través y en confrontación con “los otros” (sumar la imagen especular que los demás nos proyectan a nuestra propia visión), nos definimos… nos atrevemos a definirnos, nos categorizamos, nos etiquetamos.
Y a veces, en realidad nos damos cuenta del sueño que vivimos, y en sueños somos conscientes de nuestra mundana realidad.









Maldita sea, es cierto.