Ella escuchaba, atenta, dedicando todos sus sentidos a SU voz, a sus conocidas y contundentes palabras, a su presencia, su cuerpo, sus manos expresivas y firmes, tan locuaces como su garganta.
Él fijaba su mirada en su público. Tod@s se sentían conmovid@s, tod@s protagonistas, tod@s eran él.
Ella sintió la magia del momento, hasta que Él, su guardián, la miró a ella. El escalofrío volvió. Ella asentía a sus sentencias de justicia, hipocresía de l@s dirigentes, languidez de las masas, conjura de los medios de comunicación, solidaridad, lucha…
No habló de género, de feminismo, pensó ella, en una tímida crítica interior.
Ella, de camino a casa, a SU casa, elogió su discurso, sin cuestionar en alto, sin atreverse. No quería ofenderle, no quería discutir, no quería molestarle ni levemente.
Hoy, precisamente, que había descubierto su embarazo, no podría soportar sus desprecios sin morirse definitivamente por dentro.
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